Homilía Domingo 10 de Noviembre 2019 Monseñor Omar Mejía Giraldo

Santa Misa Dominical desde la Catedral Nuestra Señora de Lourdes Florencia Caquetá Colombia, presidida por Monseñor Omar Mejía Giraldo, Arzobispo de la Arquidiócesis de Florencia Caquetá.

Lucas 20, 27-38

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús: Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer. Jesús les dijo: En este mundo hombres se casan y las mujeres toman esposo; pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles;  y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos.

 

Para orar, meditar y vivir

La vida está herida

Frente a la situación dolorosa del asesinato de algunos líderes en el Cauca, el Señor Arzobispo de Popayán nos decía: “La vida está herida, la vida nos necesita a todos. Como cristianos creemos que la vida de cada ser humano es digna, sagrada, es querida por Dios, es irrepetible. Estamos convencidos de que somos misioneros de la vida, custodios de la vid a humana, responsables de la vida de todos. La misión por la vida,  es defender al más frágil y vulnerable”.

Hermanos, recordemos que el ministerio público de Jesús, según San Lucas, comienza en la sinagoga de Nazaret con estás palabras: “He venido a sanar a quienes tienen destrozado el corazón”. Durante cada domingo hemos realizado un recorrido precioso a través del cual hemos visto la misericordia de Jesús el Señor con todas aquellas personas con las cuales se ha encontrado. El Maestro y Señor ha anunciado la cercanía del Reino, ha predicado; pero también ha curado a muchos enfermos y pecadores, aún más ha devuelto la vida a muchos. Jesús el Señor, ha resucitado muertos y ha sanado corazones heridos. También en la época de Jesús, la vida estaba herida. Él se encarna precisamente para restaurar la vida, para dar vida en abundancia.

Hoy celebramos el trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario y la Palabra de Dios nos ofrece un texto preciosísimo que nos invita a pensar nuevamente en la vida como don de Dios. La vida es sagrada. Jesús el Señor se encuentra ya al final de su ministerio público y hay todavía un grupo grande de personas (saduceos), que a pesar de ver su misión, no han logrado creer en lo que Él les ha predicado y les ha mostrado con su propia vida. Jesús el Señor, se ha encarnado para dar testimonio de eternidad, para mostrarnos al Padre; sin embargo, los saduceos no logran conectarse con la vida de Jesús. Los saduceos, apegados a la ley no logran conectarse con la lógica divina. Los saduceos conocen la ley, son expertos en interpretarla…, pero no logran avanzar al sentido de eternidad, de trascendencia; los saduceos no creen en la resurrección y por eso le plantean al Señor la cuestión de los siete hermanos que se casaron con la misma mujer, pero ninguno dejo descendencia. La pregunta final es: ¿Cuándo está muera de cual será esposa?

La incredulidad de los Saduceos da píe para que Jesús el Señor nos deje una enseñanza magistral sobre el misterio de la inmortalidad del ser humano; sobre el misterio de la resurrección. Para entender la Palabra de Dios, debemos partir de la fe en la creación, somos creaturas de Dios;  y además, debemos avanzar hasta el misterio de la fe en la Paternidad de Dios. Somos hijos de Dios, Él es nuestro Padre, somos hijos de la resurrección. En Jesucristo, el Padre nos ha engendrado, somos hijos en el Hijo. Nuestro Dios no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos están vivos. Dice San Pablo: “En Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17,28).

Como cristianos y personas de fe, en ningún momento nuestra opción puede ser por la muerte. Nuestra misión es dar vida y vida en abundancia. Como los saduceos, también nosotros, muchas veces nos quedamos en la lógica de la ley y en la lógica del mundo. Como cristianos tenemos la misión de vivir siempre en la lógica de la fe. La fe nos conduce a la esperanza y la esperanza a la confianza. El secreto de nuestra fe está en creerle a la Palabra y la Palabra nos insiste: “Dios es Dios de vivos y no de muertos; porque para Él todos están vivos”.

La Palabra nos enseña que Dios es amor y su amor es infinito y desde el amor Él nos impulsa a la vida. En el amor nadie muere, es el amor quien nos eternidad. Es el amor quien le da sentido a nuestra vida. Es el amor quien nos lleva a superar la ley. Es el amor quien nos hace ir más allá de las lógicas humanas para entrar en la lógica divina. El amor nos permite trascender nuestro ser. Sin experimentar el amor de Dios es imposible creer en al resurrección. La ley humana interpreta lo humano, le es imposible entrar en el misterio de Dios y por lo tanto le es imposible asumir la trascendencia del ser humano. Sin Dios el ser humano termina siendo simplemente un ser para la muerte. Desde Dios, con Dios y con el poder de Dios, el ser humano es un ser para la vida. Sólo con fe y esperanza logramos acercarnos al misterio de la resurrección. La vida está herida, porque está herida nuestra relación con Dios, nuestra relación con los hermanos y nuestra relación con la casa común. No respetamos la vida porque hemos cosificado al ser humano. Hoy tendemos a dar más valor a los animales y a los objetos materiales que al mismo ser humano. Hoy hemos trocado los valores, parece ser que la vida ya no es el valor fundamental.

Dice la Palabra: “No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para Él todos están vivos”. Dios es la Vida, Dios es la plenitud de la vida. Dios es la vida plena. Recordemos nuestro lema del plan diocesano de pastoral: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). En la plenitud de la vida divina no puede existir ni la más mínima realidad de muerte. El secreto para experimentar la resurrección es permanecer insertos en el amor divino. Sin Dios la vida se queda sin sentido. Sin el amor divino vivimos sumidos en la ley del destino, vivimos al azar y en el vaivén de la historia. A la ley meramente humana le es imposible desentrañar el misterio de la eternidad, por eso, se necesita de la fe, de la esperanza y del amor como virtudes teologales que nos acercan al misterio divino.

Pedro con los otros Apóstoles respondieron a las autoridades del momento: “Nosotros tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Hermanos, el gran reto que tenemos los cristianos hoy es permanecer en la amor divino, permanecer en la enseñanza de la Palabra y desde el amor de Dios, fortalecer el amor a la vida. La vida es sagrada. El mundo, quienes supuestamente nos representan ante el estado, pueden aprobar el aborto, la eutanasia, la pena de muerte…, para nosotros son leyes humanas, pero no se pueden constituir en nuestro estilo de vida, en nuestra manera de vivir. Para nosotros son leyes muertas, porque son leyes para aprobar la muerte. Con San Pablo nosotros decimos: “Para mi el vivir es Cristo” (Fil 1, 21). Para nosotros los cristianos, vivir y morir en Cristo es una ganancia, porque con Él y en Él adquirimos la gloria de la resurrección.

La vida está herida. La vida nos necesita a todos. Luchemos por la vida. ¡Qué viva la vida! Nuestro Dios no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos estamos vivos. ¡Qué viva la vida!

Tarea:

Descubramos las heridas que hay en nuestra vida y busquemos sanarlas con el poder y con la gracia del Señor.

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